Esta semana falleció el profesor Hugo Carrasco Muñoz, ex decano de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad de la Frontera de Temuco
y creador, junto al periodista Juan Jorge Faundes, de la carrera de Periodismo
y Licenciatura de dicha universidad.
Junto a su hermano Iván, egresaron
primero de la Escuela Normal de Victoria, luego estudiaron Pedagogía en la
Pontificia Universidad Católica, sede Temuco, y, posteriormente, se graduaron como
doctores en Filosofía, mención literatura, en la Universidad de Chile. Ambos
formaron generaciones de alumnos, don Hugo en la UFRO y don Iván en la Austral.
Sabía de la existencia de don
Hugo desde los años 80, si bien nunca hablé con él, vivía frente a la casa
donde yo tomaba la pensión en calle doctor Carrillo de Temuco, tal vez más de
alguna vez debió verme llegar de mañana en estado de intemperancia a mi
pensión.
Por esos años uno podía encontrarlo
en los baños de hombres de la Universidad de la Frontera tomando apuntes de los
rayados en los baños, como “Cuando el mundo está canalla el papel es la muralla”,
toda pared era un lienzo para expresar la oposición al dictador y , si algo
conocía don Hugo, era analizar textos y contextos, sean ya relatos, mitos o poesía
mapuche, como cualquier otro tipo de discurso, hasta un simple grafiti de un
baño.
La primera vez que hablé
con él fue cuando regresé a Temuco el año
92 con la intención de retomar la carrera de Servicio Social que el año 87 había abandonado, trabajaba de
bombero en una estación de Combustible de Copec, en la Avenida Alemania, don
Hugo pasó a colocar bencina, se bajó del auto y me saludó cortésmente, no sé el
porqué le comenté que la entonces jefa de pregrado de la Facultad de Humanidades de la UFRO, no me había dejado
retomar Servicio Social y debía dar la Prueba Aptitud si quería reingresar
porque había pasado mucho tiempo desde que había postergado la carrera; me
escuchó atento y comentó que eso era raro,
que siempre se puede hacer algo y que cuando él había sido jefe de pregrado se encontró
con situaciones similares a la mía y había autorizado retomar la carrera.
No sabía en ese instante
que la negativa de la encargada de pregrado me permitiría, meses después, comenzar
a conocer al maestro, porque viéndome obligado a dar nuevamente la PAA, pero ya
abstemio obligado luego de un fiero tratamiento contra la ebriedad, obtuve muy buenos
puntajes y, en lugar de Servicio Social, ingresé a Periodismo, el primer día de
clases don Hugo Carrasco, nos dio la bienvenida.
Lo recordaré caminando en
ese Far West del pabellón “O” de la Facultad de Educación y Humanidades,
vestido con un chaquetón café, cierto aire enjuto a Clint Eastwood, de paso
seguro y calmado, brazos sueltos colgando relajados y dedos prestos a desenfundar
un revolver cargado de proyectiles de Semiología de Roland Barthes y de Semiótica
de Umberto Eco.
Porque don Hugo soñaba con
periodistas que dominaran todas las áreas de la comunicación humana, desde la teoría
de aguja hipodérmica a la comunicación orquestada de la Escuela de Palo Alto.
Su vocación normalista de formador
de personas, más que de profesor que entrega contenidos, le solía aflorar en clase,
a veces se iba por las ramas y terminaba hablando de ética y de humanidad.
A la segunda evaluación que
tuve me llamó y dijo que si no cambiaba mi letra no me corregiría las pruebas
nunca más y me mando a hacer caligrafía, ahí estaba yo, con 31 años, como chico
de primero básico, ejercitándome escribiendo consonantes y vocales.
El día que aprobé mi examen
de grado y titulé, lo primero que hice fue entrar a su oficina para agradecerle
lo que había hecho por mí y lo que me había costado terminar al fin una carrera.
Me dijo que yo tenía que
confiar más en mí, conversamos un rato y nos dimos un abrazo fraterno y me despedí,
al cerrar la puerta de su oficina me percaté que continuaba tachado su nombre en
la puerta, en lugar de Hugo, algún alumno o alumna, había colocado “Ogro”, lo
leí y me sonreí, no le pregunté, el porqué nunca quiso corregirlo.
Si alguna vez vuelvo a
Temuco, lo primero que haré será acudir a la UFRO, iré al baño del primer piso
del pabellón “O” y con la mejor de mis caligrafías escribiré en sus murallas “Al maestro con Cariño”,
antes que me detenga algún guardia, ya habrá venido don Hugo, con su libretita
de apuntes a copiarlo.
Extraordinario
ResponderEliminarQué homenaje al Maestro, felicidades Héctor
EliminarSiempre hay un ogro, un maestro o maestra en nuestras vidas.
ResponderEliminarTriste noticia y sentido pésame, colega. Yo tuve el privilegio de conocer y ver a don Hugo una sola vez, no en un baño sino que con las patitas en el lago en Lican Ray con traje de baño. Aquella fugaz ocasión yo lo saludé diciéndole: cómo está, don Iván. No sabía que tenía un hermano y que eran tan parecidos, pero para él al parecer ya era rutina hacer la aclaración. Jaja. Abrazo!
ResponderEliminareran mellizos...saludos
EliminarBuen relato
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