“¿Es México rubio?”, se preguntaba el
titular de una revista latinoamericana el año 1993, haciendo un juego de
palabras con el apellido de la cantante mexicana Paulina Rubio, de blonda
cabellera, teñida, por supuesto. El texto buscaba explicarse el afán de los
mexicanos por parecerse a sus vecinos del norte de Rio Bravo, en desmedro de
sus raíces indígenas y morenas.
En las recientes
elecciones de EE.UU, el voto de los blancos fue mayoritariamente para Donald
Trump, si bien Kamala Harris ganó en el voto latino, no fue tan abrumador como
se esperaba, perdió en Miami, tradicional bastión demócrata y, en Pensilvania,
además de otros estados bisagra donde el voto latino fue para Trump.
Para la población
latina, pudo más la inflación y su situación económica, que votar contra el discurso
racista y discriminador de Trump; es decir, el voto latino nunca fue más
blanco. Quizás si los latinos en Estados Unidos estén dejando de
identificarse como un grupo minoritario y ya se perciban a sí mismos como
“gringos”, tal cual lo hicieron en su momento los diferentes grupos étnicos que
conforman el gran país del norte y que se simbolizan en su lema oficial “Et
pluribus unum” (De muchos uno).
Tras la elección
Obama expresó: "Hay vientos en contra para los gobernantes demócratas
de todo el mundo", si bien Trump nunca aceptó su derrota en la elección
anterior y motivó que sus adherentes asaltaran el Capitolio, esta vez no
lo necesitó, porque ni se tomó el poder, ni ejecutó un golpe de estado, su
triunfo fue en una elección abierta, democrática y a sus votantes, no se les
puede llamar basuras ni antidemócratas.
En el libro
“Narrar con la realidad”, consultado Claudio Magris acerca de cómo el pueblo
italiano heredero de una gran cultura dio por tercera vez el triunfo a un
personaje como Berlusconi, Magris responde: “a los electores hay que
convencerlos no despreciarlos”, y, en parte, eso fue lo que no entendió el
Partido Demócrata, según los resultados de la última elección.
Horrible
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