"Un hombre necesita un poco de
locura porque si no, nunca se atreve a cortar la soga y ser libre”.
(Zorba, El Griego, de Nikos Kazantzakis)
Hoy es uno de aquellos días en que amanezco con
irresistibles ganas de blasfemar lo que a duras penas logró reprimir, porque, a
diferencia de quienes pueden atribuir su pluma atrabiliaria al “Genus
irritabile vatum”, o la raza irritable de
los poetas, con que Horacio solía referirse a la susceptibilidad de los hombres
de letras, para un empleado público de segunda como yo resultaría perjudicial,
hasta mortal si se quiere, soy obsesivo, corro riesgo que me despidan del empleo y
termine falleciendo de inanición.
Aunque a veces pienso que debiera dejar que el talante autodestructivo consuma mi
ser, sobre todo luego que un tipo que encontré en el Súper me comentara dichoso
porque su blog había tenido más de mil ciento veinte visitas, mientras que en el mío cuando llegó a tener más de diez salto de felicidad en una pata.
Para colmo de males mi hija menor me cuenta que
le fue bien en la audición de Chello e integrará la orquesta sinfónica juvenil regional
y la mayor, para no ser menos, hace un par de meses se le ocurrió aprender a tocar
guitarra y su profesor le ha dicho que tiene habilidades natas y, es muy posible, que la invite a tocar con otros músicos.
Lo anterior, en lugar de ponerme orgulloso me
tiene amargado, como se lo comenté a un amigo con quien me reuní hace unos días
en Santiago. Porque aunque soy sordo como tapia, pienso que a
lo mejor tengo un talento oculto para las cuerdas y pude ser rockero, no es que quisiera que me persigan groupies y
desee aquello de “Sexo, drogas y rock
and roll”, mis aspiraciones son más bien modestas, viviría en Buenos Aires y sería
parte de la banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado con el Indio
Solari, me lo pasaría ensayando para un apoteósico recital y no estaría,
entonces, a través de este furtivo blog con ustedes dialogando.
Pero el único riff que pude sacar en mi vida musical
fue con la imaginaria banda de El Piloto que junto al Víctor Hugo, el hippie Carlos y el Cristian Rodríguez
tocábamos en una casona cerca de la Avenida Alemania en Temuco a la cual también
se integró el recordado Palomo, como
agrupación que se precie se disolvió con el tiempo, prosiguiendo yo con mi rasgueo figurado haciendo
un dúo magistral con el Goyo en Punta Arenas, él con una Fender y yo ahora en el Bajo.
Sé bien que nada saco con reconocer que dilapidé
mi talento y no importa la edad para aprender a tocar un instrumento, pero a mis
55 años tengo muy presente aquello de “Demasiado
viejo para el Rock and Roll, demasiado joven para morir” de Jethro Tull, y aunque
maldigo la mala hora que se me ocurrió hacer caso a la persona que me metió en la cabeza lo
de tener un blog, como para los acordes sigo negado, a fin de secretar dopamina
y poder seguir existiendo, no me queda otra que continuar la fatigosa y angustiosa
faena rutinaria de escarbar ocurrencias para seguir escribiendo.
Parece que compartimos la necesidad de secretar dopamina.
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