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La ansiedad del arquero

Es de público conocimiento que en el fútbol el puesto de portero es el más depresivo y despreciado de todos, no sólo por la soledad en que se encuentra en el césped rectangular y deba abrazarse a sí mismo cuando su equipo anota un gol sino que, también en soledad misma, soportar casi en los oídos los insultos vociferantes de la barra contraria y, en ocasiones la propia, ubicada atrás del arco.
Eso de ser un jugador solitario quedó reflejado en las groserías que recibió el portero Jhonny Herrera en el partido que jugó la selección chilena contra Alemania en la reciente Copa de Confederaciones jugada en Rusia, un grupo de sus compatriotas presentes en el estadio se solazó tapándolo de improperios que luego viralizaron por las redes sociales.
Pasa que en los miles de partidos que se juegan diariamente en el planeta las espectaculares atajadas de los arqueros se desvanecen en la memoria colectiva de los espectadores y compañeros de juego y, solamente, queda el recuerdo del grosso error del guardameta que terminó con el balón traspasando la línea de gol. Mascullando su solitaria culpa subsiste, para el consuelo noctámbulo del arquero, rememorar sus vuelos de pájaro que desviaron el balón y evitaron otros goles.
Chile se ha destacado por tener buenos guardametas desde las tapadas malabaristas del sapito Livingstone, pasando por los reflejos felinos del Cóndor Rojas, hasta la templanza inmutable de nuestro reciente héroe nacional Claudio Bravo.             
En la Argentina Amadeo Carrizo y Sergio Goycochea pudieron sobrellevar su angustia en base a su habilidad para atajar penales, el primero con una técnica exquisita vistiendo la camiseta de River Plate  que lo llevó al sitial del mejor ataja penales en la historia del fútbol argentino, el segundo vistiendo la albiceleste nacional con menos recursos técnicos pero con tamaña suerte que se creía siempre tan necesaria en los arqueros, eso hasta que Claudio Bravo afirmara que para enfrentar los tiros desde los doce pasos hay una preparación inteligente, un conocimiento previo del ejecutor y, por cierto, de la fenomenología de los penales.
Pero el ídolo será por siempre el paraguayo José Luis Chilavert, que hizo realidad ese sueño que creíamos mentiroso del arquero jugador y convirtió muchos goles.  
Debo confesar que también tuve yo mi paso bajo los tres palos, fue en un campeonato barrial  de la tercera infantil del Club Deportivo Corhabit de Puerto Natales, allá por los años 70 en la mítica cancha de mazacotes ubicada atrás del taller mecánico de Menéndez.
Mi primo Toño, que entrenaba al equipo de honor, para probar jugadores tuvo la genial idea de organizar un hexagonal, a sabiendas que yo era más bien regularcito con el balón en los pies, no sabía jugar de lauchero, ni tenia fuelle para trabajar  de cinco, menos quitaba balones, de defensa era un pasadizo, pero como nada mellaba mi ímpetu futbolero para no dejarme afuera y evitar una frustración infantil que hubiese de marcar mi posterior desarrollo como adulto, pese a mi escasa estatura decidió comenzar a entrenarme de arquero, aprendí entonces a embolsar la pelota y a tirarme a ras de suelo, eso sí siempre para un lado.
Recuerda mi primo que en mi debut tuve atajadas y voladas espectaculares, aunque perdimos ocho a cero. Al finalizar el campeonato fui entrevistado en el programa deportivo de Radio Paine, mi equipo salió último y con la valla más batida pero estaba orgulloso, me había destacado en algo, cuando el locutor preguntó a qué se debieron los goles, como portero que se precie culpé a mis defensas que se iban todos para adelante y así era fácil que me fusilaran.
Lo anterior en lugar de apocarme sirvió para mi vida deportiva y escolar futura porque ya no importaba que en las pedidas de las pichangas del recreo o clase de Educación Física me eligieran al último, sabía que igual jugaría hasta que tocara la campana, es que reconozcan ustedes ¿a cuántos les gustaba jugar de arquero? tenía entonces mi puesto asegurado.
He intentado inculcarles el amor por el fútbol a mis hijas y si bien la mayor trata de dominar el balón eso es a lo que más aspira, culpa de ese rebote de baloncesto que le apasiona, lo más cercano del fútbol que han estado ha sido el balonmano pero nunca al arco.
Mi hija menor a quien le gustan los deportes individuales, me comentó un día que tuvo en su colegio su primera experiencia de arquera, recuerdo que me sentí dichoso el oficio familiar perduraría y aunque fuera en hándbol y la pelota es más chica, ¿qué importa que se juegue con la mano si igual  tiene arco y  hay que atajar goles?

Mis expectativas al fin se cumplirían y la visualicé orgulloso como una futura seleccionada del colegio, pero mi sueño duró menos que un instante porque me aseguró que nunca más jugaría, al preguntarle sus razones me las cantó al tiro: “Ah claro, para que me griten ‘¡Ataja po’ miéchica!’ ”.

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