El almacén estaba ubicado en la calle Quillota
599, esquina Mexicana al lado del puente
del Rio de las Minas. Allí el austriaco Ivanovic nos preparaba el sabroso
canapé con un cuchillo carnicero que siempre tenía manchas pardo rojizas porque
también lo ocupaba en la carnicería que funcionaba en el local.
Como quien abre un pescado abría la enorme
marraqueta le colocaba tres rodajas de fiambre
y tres cucharadas con pasta de Ají JB con
pepas, ése que los antiguos almaceneros tenían en latas de manteca, después nos
decía en cuántas partes lo queríamos, casi siempre tres, a no ser que un
paracaidista se colará.
Con Fidel Pozo y Ernesto Águila era con quienes
me escapaba, como casi siempre encontrábamos las puertas del liceo sin llave era
cosa de abrirlas y salir en busca de nuestro saludable y orgánico desayuno, tal
cual los funcionarios de las oficinas, comercios y servicios del sector
céntrico acudían, y todavía acuden, al Kiosco Roca a engullirse pancitos de choripanes
acompañados de leche con plátano.
Por
Fidel Pozo, que falleció muy joven, conocí el rock argentino me prestó
un Long Play del grupo Pastoral y, a
veces, suelo linkear en youtube la canción
“Lustrabotas de Avenida”, esa de “lustrador
de las miserias ambulantes sé que todos usan guantes para estrechar tu mano”.
A Ernesto “Neto” Águila no lo veo desde que terminado tercero medio se fue a Santiago, hoy suelo leer sus columnas en La Tercera y ver los análisis políticos que realiza por televisión.
Neto siempre fue un tipo especial, inteligente,
humilde y bueno para la pelota él me dio los primeros indicios de buenas
lecturas, a través suyo encontré a Hesse y Papini y la vez que visité su hogar
me sorprendió que en su pieza tuviera colgado un guante azul de lana usado que,
de saberlo, se lo hubiera robado Andy Warhol para hacer en The Factory una
serigrafía del Pop Art.
Recordé el guante de Neto cuando en una visita que
Carolina Tohá realizó a Magallanes el escultor Rodolfo “Talo” Mansilla le
obsequió los guantes de trabajo que usó el padre de Tohá cuando estuvo recluido
en el campo de concentración de Isla Dawson.
Pero, también, porque el candidato presidencial
del PS Alejandro Guillier visitó recientemente Magallanes y estuve tentado a que, como recibe
ataques por uno y otro lado acerca de que no ataja mucho, a lo mejor pudiera ayudarlo
y regalarle un par de guantes de arquero, pero no uno cualquiera sino los del
legendario José Cores del Club Esmeralda de Natales, que era un portero de
izquierda.
Es que Alejandro en su campaña los necesitará
de sobremanera. deberá atajar harto y evitar que por ahí se le filtren goles,
que en su función de parlamentario él mismo ha reconocido que se le han colado.
Como me enteré que la Panadería Fernández de
Punta Arenas estaápróxima a cerrar, otro de los antiguos negocios familiares de
la ciudad que desaparecerá, pensé hace cuántos años no me comía un canapé,
claro está que tendría que preparármelo yo mismo porque el almacén de calle
Quillota ya no existe, en su lugar la familia colocó un café.
A lo mejor bajar la cortina del boliche fue lo adecuado
después de todo cómo están las cosas ahora con esto de la asfixiante ley etiquetado
de los alimentos el negocio sería denunciado por contribuir no sólo a la
obesidad de los liceanos sino, también, por volvernos adictos a los embutidos,
las marraquetas y, para suplicio de nuestras hemorroides, al delicioso ají.
Podría pasar este relato como uno nostálgico, sin embargo tiene un movimiento vertiginoso: de un pasado liceano, donde un par de amigos pasan invictos, saltamos al salpiquerío de sangre de esta pluma de doble filo, donde nada ni nadie se exime de una cortada. Esta lectora, creyendo estar frente a un inusual texto del escritor, queda atorada con un bocado con sabor a añoranzas liceanas, en la via de la lectura que culmina en la caótica cima donde del revuelto de sucesos, personajes y otros, aflora la crítica afilada que para algunos puede dejar en carne viva lo que las apariencias ocultan. ¿Que se salva del juicio y auto juicio de "un decrépito burgués"?
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