El gordo está prendido toca y pica, ordena, tranca, driblea, hace
taquitos, paredes, le pega de pique, sobrepique, de primera, corre con el balón
pegado al pie, el cuello recto, mentón levantado y la mirada con visión
perimetral del campo de juego como portada del Beto Alonso en El Gráfico de los 80, juega a la rioplatense a lo más tres toques, finta y pase.
-Atajen al gordo que todavía la pisa- pero el gordo así como marca se desmarca. ¡Tranquen al gordo! se escucha.
Mete, usa el cuerpo, la protege, la deja picar como se sabe prodigioso con esa zurda mágica chutea de empeine, tres dedos, borde interno o externo, con chanfle izquierdo o derecho, a media altura o ras de suelo, es fino, juega lindo, casi estético lo que oculta su barriga redonda de 98 kilos en su metro sesenta y cuatro. -¡Ole gordo!- le gritan.
Después de varias negativas hasta que aceptó la invitación para un picadito aunque hace años que no juega y, quién sabe, según como se vea integrará uno de los 74 equipos de futbolito de las ligas seniors que, semana a semana, pueblan el césped sintético en las canchas de Punta Arenas para goce de las políticas de salud pública contra la obesidad, el sedentarismo y de los bolsillos de los traumatólogos que con la inauguración de los nuevos rectángulos del Estadio Fiscal magallánico una pléyade de miles ex crá engrosan anualmente sus consultas.
Por lo corrido del partido el gordo está para algo más, sirvieron los chuteadores que se compró unos Adidas tipo los que usa Messi y si bien le quedan estrechos y se le ve más grotesco el empeine, casi como pezuña de cerdo, aun así el gordo todavía la pisa pero no falta el desgraciado que confunde el jugar áspero con la mala intención y ante la imposibilidad de frenar su gordura habilidad le pega un codazo que casi le quiebra la nariz.
-Este juego es para hombres-
-Está equivocado amiguito, este juego lo juegan hasta las mujeres, pero este juego es para huevones buenos- contesta el gordo y le hace un túnel para salir jugando su carita rechoncha sonríe, con ese corte de pelo a lo estrella de futbol, jopo corto paradito y el resto casi rapado.
Se para, elude, corre a brinquitos y el gordo y es como si rebotara, un
guarén buscando su madriguera, con esa manera de sortear y saltar rivales
que en los setenta patentara en el Ajax su ídolo Johan Cruyff.
Nada de tirar pelotazos a las papas, ni rifar balones, el tiro va allá
donde está más lejano el jugador, es que el gordo es un jugador técnico, sabe y
hace que lo difícil parezca fácil, otras veces lo sencillo es más efectivo. No
es lauchero ni egoísta, lo suyo es ubicarla y el pase directo al pie del
compañero, en eso de las habilitaciones no hay quien le gane.
El gordo se la cree y está inspirado, esa cultura de buen pie y trato
del balón la mantiene “esto es igual que andar en bicicleta una vez que se
aprende nunca se olvida”, comenta cachiporra en el entretiempo cuando alaban su
juego y que a sus años todavía la pisa. La tarde, cosa
curiosa, en este verano invernal está resplandeciente como si conspirara para
que se luzca ante aquellos que le gritaban que estaba hecho un tonel y
por eso no jugaba, los mismos amigos que maldijeron haberlo invitado a
jugar esa fatídica tarde cuando recién llegado del norte sufrió el corte del
Tendón de Aquiles que truncó la que iba para promisoria carrera en el
profesionalismo donde hacía sus primeras armas en series menores.
Gambetea, bicicletea, domina, la para, da una media vuelta y sin mirar
la tira a ras del suelo para que se proyecte el lateral quien lanza un centro a
media altura al área chica donde como una bola de fuego el gordo se tira de
palomita y la mete adentro. Es que el gordo tiene trabajo de cadetes y sabe
calcular tiempo y distancia, trota al centro del campo con falsa humildad
sobándose la panza barbuda.
A estas alturas del partido al gordo no le importa
sobre exigirse, guatón será pero no “maceta”, corre a buscar el balón, se
anticipa, la pisa y aunque nunca le gustó la gimnasia artística sus piernas se
abren en un spagat como un compás de 180 grados y se escucha en la cancha el
ruido entre agudo y grave de quien desgarra un paño, una aceitosa lágrima
confundida con el sudor grasoso resbala por su mejilla redonda.
Humillado, cada mañana su mujer le debe
ayudar a ponerse los calcetines y el pantalón hasta que pasen tres meses y se
recupere el desgarro grado IV del isquiotibial y cure esa espantosa equimosis
del muslo posterior izquierdo, piensa si quizás hubiera sido más
digno un accidente doméstico alguien que dejó el jabón tirado y se resbaló
cuando puso un pie en la ducha.
Pero el fútbol en el gordo “cacheñea” alegre por el colesterol de sus
venas. Ya pasará este trago amargo,
después de todo nada es tan malo y por esa atávica costumbre de poner
sobrenombres si bien deberá tragarse el orgullo cuando le griten ahí va
“el que todavía la pisa”, aunque hiriente aquello será mejor que el de “Bolón”,
que lo tenía hastiado y tampoco le gritarán “Gordo”, a él que en su
adolescencia deportiva fue delgado y esbelto.
(Enero 2014)
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